Tuesday, August 01, 2006

Bush juega al Monopoly

Hay quien afirma que Bush mueve las piezas de la política internacional con la frialdad que el jugador de ajedrez mueve sus piezas. No le otorgo la capacidad intelectual del ajedrecista, más bien lo imagino jugando al Monopoly, ese juego de compraventa de edificios y que él sustituye por territorios e intereses geoestratégicos.

Afganistán, Iraq, o Líbano son inversiones que no terminan de salirle al todopoderoso jugador por mucho que juegue con los dados marcados. Afirmó, en su día, que deseaba acabar con el terrorismo internacional y se enfrentó a él con prácticas terroristas (invasiones ilegales o apoyo militar y político al bombardeo sobre la población civil del Líbano); quería acabar con el terrorismo y con sus métodos consiguió el efecto contrario, hoy la actividad terrorista se extiende día a día. Desde que el invasor pacificador invadiera Iraq, no hay día sin atentado ni atentado que no se cobre veinte, treinta, cincuenta vidas humanas; desde que el propagador de la democracia y las libertades entrara en acción conocimos los horrores de Abu Ghraíb o el limbo jurídico, cruel e inhumano de Guantánamo; ahora toca a Qana, ese lugar donde cuentan que un día se obró el milagro de agua y el vino para la celebración del amor entre dos personas y que ahora es la imagen de la maldad humana donde bombas inteligentes matan a niños. “Grábalo, grábalo para que lo vean los europeos y los americanos” gritaba un hombre que salía del edificio en ruinas, con una niña muerta entre sus brazos. Dicen que Hezbollah utiliza escudos humanos, también se acusó a Israel, pero, si fuera cierto, ¿justifica tanto horror? Hoy ya no cabe extrañarse que, cada día más, se extienda el grito de “Death to Israel, Death to America”

Como en el juego del Monopoly, Bush, actúa con la insolencia del jugador experto y lleva a la práctica algunas doctrinas esenciales del capitalismo; no tener compasión con el adversario y acumular cuanto más mejor, sin importarle otra cosa que la cuenta de resultados. Pero yo que tú me lo pensaría, forastero, porque, como en el juego del Monopoly, se puede acabar en bancarrota.

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