Monday, August 21, 2006

Voto inmigrante y juego en corto

Salieron en busca del paraíso y, los que llegaron, ya saben que el paraíso debe estar en otra parte. Porque aquí, si tienen suerte, trabajan en labores que nosotros desechamos por duras, desagradables o porque están mal pagadas en relación al esfuerzo, dedicación o riesgo que suponen. Aquí, si tienen suerte, cotizan y contribuyen como cualquiera de nosotros, sus hijos van a las mismas escuelas que los nuestros y cuando enferman van a los mismos hospitales que nosotros. Entonces, si esto es así, ¡perfecto!, la caritativa conciencia democratacristiana de algunos ya puede dormir tranquila; los tratamos como iguales y viven entre nosotros, pero ¿qué es eso de darles el derecho a voto?

Escribo estas líneas tras leer las declaraciones de Josep Antoni Duran i Lleida cuando afirma: "No entiendo que un recién llegado que no conoce nuestra lengua y nuestras costumbres pueda votar". Estas palabras resultan sorprendentes por lo que transmiten y por quien las pronuncia. Siempre tuve una buena impresión de este político catalán; un hombre de derechas y nacionalista que, desde la divergencia política, me pareció una persona sensata, ecuánime y ponderada en las formas y en los mensajes; siempre menos ahora. Igual es porque en Andalucía desconocemos una derecha reflexiva y educada; en esta tierra, los políticos de derechas, pululan con otros registros. Será por eso, o porque aquí los representantes de la derecha suelen ser muy distintos a él, pero siempre que valoré sus palabras, salvo ahora, con interés. Sin embargo, en este tema, seguramente por tener la mente puesta en las posibles repercusiones electorales, sus palabra suenan muy mal.

Probablemente en los proponentes de la iniciativa exista de igual manera, una intencionalidad electoralista. Pero quienes jueguen en corto en este tema pueden llevarse alguna sorpresa. En un principio el voto de este sector de población iría muy probablemente a los partidos que fomentan la iniciativa, pero una vez consolidado el derecho democrático, este voto, migrará hacia posiciones conservadoras. Quienes gocen de este, y otros, derechos comenzarán a percibir como un riesgo, para su estatus, la llegada de otros inmigrantes; entonces, buscarán la protección de opciones conservadoras.

Los emigrantes deben tener derecho a voto, independientemente de la orientación política del mismo. Si viven entre nosotros y comparten problemas con muchos sectores de la población; empleo precario, escasez de viviendas públicas asequibles, problemas para llegar a fin de mes además de las cuestiones relacionadas con la integración. Entonces, si compartimos problemas y el mismo espacio, si compartimos escuelas y centros sanitarios qué objeción razonable puede hacerse a que tengan la posibilidad de elegir a nuestros representantes políticos, a sus representantes políticos.

Friday, August 18, 2006

Síntomas para el final de un verano

Cuando llega la lluvia, el fútbol, y Zaplana retorna, vía Familia y Vida, con bríos renovados conjugando el verbo dimitir, exclusivamente en segunda y tercera persona; cuando se apaga el fuego en Galicia, las playas dejan de ser enjambres imposibles y Arnaldo Otegi se adelanta por unas horas a ETA; no hay duda, ¡se acabó el verano!

Cuando Otegi muestra su preocupación por el desarrollo del proceso de paz y coincide, en su inquietud, con el quinto mensaje de la banda terrorista; cuando comentamos, una vez más, que tanta sintonía ni sorprende ni es novedosa, sino simple anticipación de una estrategia diseñada en los mismos cuarteles; no hay dudas, ¡el verano está llegando su fin!

Cuando algunos, ante las dificultades del proceso, afirmarán ufanos, eso tan manido de, “ya lo decía yo” aunque siempre nos hablaron de claudicaciones y otras entregas; cuando otros nos recuerden que siempre se nos advirtió que la búsqueda de la paz sería un camino largo y difícil; que duda cabe, ¡el verano se nos acaba!

Cuando Blázquez habla de “esperanza de la sociedad” por el alto el fuego y Uriarte pide a los políticos distensión para mantener la esperanza de la paz en la sociedad y cuando, como siempre, tengo dificultad para interpretar correctamente los mensajes eclesiásticos porque desconozco si este hablar de esperanza, distensión y de paz es producto de los calores estivales o por el contrario, es que desean impregnar de coherencia sus textos y sus palabras; cuando todo esto ocurre, es algo evidente, ¡el verano dice adiós!.

Pero cuando reanude sus emisiones el radiopredicador y éste afee la conducta de los prelados y les endose un rapapolvo urbi et orbi, entonces será señal inequívoca de que el verano ha terminado.